Leonor de Aquitania y El león en invierno

  

Leonor de Aquitania fue condesa de Poitou, duquesa de Aquitania, Reina de Francia y de Inglaterra, madre de RicardoCorazón de León, dama de trovadores y bardos, viajera en Tierra Santa, casada dos veces, encarcelada por rebelión ymuerta a los 82 años. El león en invierno es Enrique II (Peter O´Toole), rey de Inglaterra y marido de Leonor. Pero la duquesa de Aquitania había contraído antes, en el año 1137, un primer matrimonio con Luis VII, rey de Francia. Leonor decidió acompañar a su esposo a Tierra Santa en la segunda Cruzada. Pero el viaje complicó las cosas. La estancia de la pareja en Constantinopla ofreció a Leonor la posibilidad de comparar el exquisito ambiente oriental con el bárbaro París. Leonor se negó a acompañar a Luis a Jerusalén.

La vuelta a Francia fue complicada e incluso el papa Eugenio III tuvo que intervenir para intentar reconciliar a Luis y Leonor. Luis y Leonor eran parientes en un grado prohibido por las leyes canónicas y el matrimonio, por tanto, podría ser nulo. Y es que, ya que el divorcio era teóricamente imposible, las parejas con problemas conyugales aprovechaban la amplia definición del incesto para poner fin al matrimonio, un abuso al que la Iglesia tuvo que poner freno.

El Papa, por supuesto, dejó bien claro que la Iglesia estaba dispuesta a ser tolerante con Luis y Leonor. No sirvió de nada. En 1152 se declaró nulo el matrimonio entre Luis y Leonor invocando una consanguinidad que era sólo un pretexto.  Leonor, duquesa de Aquitania, recuperó todos sus dominios, y no habían pasado dos meses desde la anulación de su matrimonio con Luis de Francia cuando Leonor se casaba con un joven de diecinueve años llamado Enrique de Plantagenet, conde de Anjou, duque de Normandía y heredero del trono inglés y… primo en quinto grado de Leonor.

Enrique era un hombre guapo, viril, hábil en la caza y en el combate. Enrique y Leonor tuvieron ocho hijos: Guillermo (murió a los tres años), Enrique, Matilde, Ricardo, Godofredo, Leonor, Juana y Juan. Su último hijo, Juan, nació en 1166. 

El matrimonio medieval y el amor

 La Iglesia libró una durísima batalla para imponer la indisolubilidad del matrimonio, sin tradición en la civilización romana ni en la germánica y con soportes bíblicos cuanto menos dudosos. Al final de la Edad Media, la Iglesia había conseguido imponer tres importantes normas en el matrimonio: prohibición de la poligamia, obligación de evitar como cónyuges a los parientes cercanos y limitación de la posibilidad de separarse y volverse a casar una vez que el matrimonio ha sido consumado. El decisivo Concilio Letrán IV impuso el consentimiento mutuo en el matrimonio y la publicación de las amonestaciones. El matrimonio se convierte así en una institución verdaderamente cristiana.

El concepto cristiano del matrimonio incluía la universalidad (siervos, semi-libres, libres: todos los cristianos que no pertenecían al clero podían casarse) frente a la tradición romana y germánica del matrimonio como privilegio de individuos libres, así como la monogamia perpetua.

Evidentemente, esto no quiere decir -ni muchísimo menosque todos los matrimonios en la Edad Media eran por amor: los matrimonios de la nobleza, por supuesto, estaban absolutamente condicionados por intereses políticos y económicos; pero sí era algo por lo menos posible entre los laboratores, aunque con el tiempo terminó imponiéndose la necesidad moral y social (no jurídica) de la dotación de los hijos, y sobre todo las hijas, que se convertiría en la Baja Edad Media en el principal enemigo del matrimonio por amor.

 La mujer medieval sí tenía alma Gregorio de Tours, en su Historia de los Francos, cuenta que en el sínodo de Mâcon (486), al  fue no asistió, uno de los prelados sostuvo que no se debía incluir a las mujeres bajo el nombre de hombres (dando así a la  palabra homo el sentido restrictivo de vir). Gregorio de Tours añade que los argumentos de los obispos le hicieron rectificar, pero los autores de la Enciclopedia, en el siglo XVIII, utilizaron este incidente para sentenciar que en la Edad Media se negaba la naturaleza humana a la mujer. Ridículo. El lugar de la mujer en la iglesia durante todo el periodo feudal fue sin duda diferente al del hombre, pero fue un lugar eminente. Las mujeres, por ejemplo, votan igual que los hombres en las asambleas urbanas o en las de los municipios rurales. En las actas notariales es frecuente ver a mujeres que actúan por sí mismas sin presentar  utorización del marido, y las listas de talla -registros de contribuciones- muestran a muchas mujeres que ejercen oficios: maestra de escuela, boticaria, yesera, copista, miniaturista…

Encontramos mujeres en casi todos los oficios de la industria medieval, desde buhoneras a encargadas de los baños, o desde cerveceras a ropavejeras, aunque abundaban más en el ramo textil y la confección (la hilandería de seda era casi un monopolio femenino). Será a partir del siglo XIV, bajo los efectos de la crisis económica, cuando la mujer será separada del mundo del trabajo.

El desprecio de la carne Hablamos del cuerpo y la de la carne y, para carne, la de la mujer. La mujer es toda carne, una bella putrefacción, como decía Odón, abad de Cluny (siglo X): “Si los hombres vieran lo que hay debajo de la piel, la mera vista de las mujeres nos levantaría el estómago; si no podemos tocar con la punta de los dedos un escupitajo o una mierda, ¿cómo  odríamos desear besar ese saco de excrementos?”. Creada no a imagen y semejanza de Dios, sino a partir de una costilla de Adán, la mujer es un ser imperfecto, menos espiritual, presa más fácil del Diablo y, sobre todo, causante de la entrada del pecado en el mundo al dejarse seducir por la tentación de la serpiente violando el precepto divino y arrastrando al hombre en su caída.

Esta ideología eclesiástica sobre la mujer convivirá no obstante con otra consideración de la mujer heredada de tradiciones germánico-indígenas e influida por tradiciones paganas, que subsistirá a nivel popular y agrario (la mujer toma parte activa en el trabajo y proporciona, como procreadora de hijos, futura fuerza de trabajo).

¡Ah! El sexo La Iglesia adoptó e instituyó el matrimonio a condición de que sirviera para disciplinar la sexualidad (el matrimonio es un remedio contra la incontinencia): cuando se unan los cónyuges, pues, sólo tendrán en mente la idea de procreación. Y, en cuanto a la procreación, la mujer es un simple receptáculo. ¡Y cuidado también a la hora de elegir el momento de procrear! La Iglesia establece los modos y también los tiempos del amor independientemente de las emociones y de las reacciones naturales: la actividad sexual está totalmente prohibida en domingo. Así, Gregorio de Tours asegura que los monstruos, los  tullidos, todos los niños enclenques son concebidos el domingo por la noche. Y los leprosos son los hijos de los esposos que han mantenido relaciones sexuales durante la menstruación de la mujer.

En la Edad Media la única unión carnal permitida es la heterosexual y con fines procreadores, y la única unión hombre-mujer consentida es la sancionada por el sacramento del matrimonio. ¿No había otros tipos de relaciones? Pues sí: la barraganía, el amancebamiento, el adulterio, el incesto, la homosexualidad, el bestialismo…pero conducían a los tribunales de justicia, aunque no con el mismo rigor en todos los casos 

Mujeres medievales:

- Santa Hildegarda de Bingen, abadesa de Rupertsberg,

escribió libros de teología y mística, de ciencias naturales,

sobre el cuerpo humano, poemas, himnos, incluso inventó

un lenguaje y fue consultada por grandes personajes como el

papa Eugenio III, san Bernardo de Claraval, Conrado III, el

emperador de Alemania, y su sobrino y sucesor Federico

Barbarroja.

- Matilde de Magdeburgo compuso en 1250 la primera obra

mística en lengua alemana: La luz resplandeciente de la

divinidad.

- Beatriz de Nazaret (siglo XIII), autora de Siete maneras de

amor, una obra mística escrita en neerlandés.

- Hadewijch de Amberes (siglo XIII), autora de poemas,

cartas y visiones.

- Ángela Foligno (siglo XIII), su Memorial es un perfecto

ejemplo del habitual binomio en la espiritualidad femenina

medieval: el confesor que escribe y la mujer que tiene la

experiencia mística.

- Margarita Porete, quemada en París en 1310 por su libro

Espejo de las almas sencillas.

- Juliana de Norwich (siglo XIV), sus visiones están recogidas

en El libro de las revelaciones de Amor.

- Santa Catalina de Siena (siglo XIV), patrona de Italia y

autora del Libro de la doctrina divina, una de las cumbres de

la mística de su siglo.

- En el siglo IX, Dhuoda escribió Manual para mi hijo

(dedicado a su hijo Guillermo), el tratado de educación más

antiguo.

- Rosvita (siglo X) escribió comedias que se representaban

en el convento que imitaban las de Terencio.

- Trótula (siglo XI), la primera mujer que escribió un tratado

de ginecología.

- Cristina de Pizán (1365-1430), la primera escritora

profesional” de la literatura francesa, escribió el Livre de la

Cité des Dammes, una utopía femenina.

 

Muere la última beguina

Por: Alba Tobella | 24 de abril de 2013

Beguinas

Murió mientras dormía sin saber que cerraba la última puerta de la existencia de las beguinas. La hermana Marcella Pattyn, fallecida el 14 de abril a los 92 años, era la última representante de la una de las experiencias de vida femeninas más libres de la historia, según los expertos. En la Edad Media, entre la rigidez de los estamentos religiosos, empezaron a aparecer comunas de estas mujeres que iban por libre, eran democráticas y trabajaban para obtener su propio alimento y hacer labores caritativas. Eran comunidades de mujeres espirituales y laicas, entregadas a Dios, pero independientes de la jerarquía eclesiástica y de los hombres.

Surgieron en un momento de sobrepoblación femenina, cuando dos siglos de guerras habían acabado con una gran proporción de los hombres y los conventos estaban colmados como la alternativa al matrimonio o a la clausura. Corría el siglo XII y las comunidades de beguinas, mujeres de todas las clases sociales, empezaron a extenderse en Flandes, Brabante y Renania. Gracias a las labores que hacían para la comunidad, eran enfermeras para los enfermos y desvalidos y maestras para niñas sin recursos, e incluso fueron responsables de numerosas ceremonias litúrgicas, muchas familias adineradas les dejaban herencia y mujeres ricas se instalaban en beguinajes.

La mayoría de hermanas practicaban algún arte, especialmente la música –Pattyn tocaba el banjo, el órgano y el acordeón-, pero también la pintura y la literatura. Los expertos consideran a poetas como Beatriz de Nazaret, Matilde de Madgeburgo y Margarita Porete precursoras de la poesía mística del siglo X VI, además de las primeras en utilizar las lenguas vulgares para sus versos en lugar del latín.

Vivían en celdas, casas o grupos de viviendas, declaradas patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1998, y podían abandonarlas en cualquier momento para casarse y formar una familia, pero a nivel espiritual no se casaban con nadie más que con Dios y los más desfavorecidos. También formaban partes de estos grupos mujeres casadas que se identificaban con el deseo de llevar una vida de espiritualidad intensa en los beguinajes de sus ciudades.

Elena Botinas y Julia Cabaleiro definen el movimiento en Las beguinas: libertad en relación como lugar espiritual y pragmático a la vez, que rompe con la diferenciación que la Iglesia imponía entre la oración y la acción: “Un espacio que no es doméstico, ni claustral, ni heterosexual. Es una espacio que las mujeres comparten al margen del sistema de parentesco patriarcal, en el que se ha superado la fragmentación espacial y comunicativa y que se mantiene abierto a la realidad social que las rodea, en la cual y sobre la cual actúan, diluyendo la división secular y jerarquizada entre público y privado y que, por tanto, se convierte en abierto y cerrado a la vez”, explican.

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Según la versión más extendida, un grupo de mujeres construyeron el primer beguinaje en 1180 en Lieja (Bélgica), cerca de la parroquia de San Cristóbal y adoptaron el nombre del padre Lambert Le Bège. Otras versiones apuntan a que “beguina” significa, simplemente, rezadora o pedidora (de beggen, en alemán antiguo, rezar o pedir) e incluso, en la versión menos compartida entre los historiadores, a que su existencia se remonta al año 692, cuando santa Begge habría fundado la comunidad.

Tuvieron dos siglos de expansión rápida pero las denuncias de herejía las frenaron cuando la Iglesia empezó a ver que atraían donaciones “que les pertenecían”. Se instalaron en todas las grandes ciudades francesas y alemanas, pero la persecución las hizo volver a recogerse en Bélgica, de donde venían. Pagaron por las libertades que habían adquirido, económica, social y religiosa incluso con la muerte. Marguerite Porete fue quemada viva en 1310. Las acusaban de aturdir a los monjes y de encandilarlos cuando acudían a confesarse a los monasterios vecinos y las trataron como a las únicas mujeres libres de la época: las brujas. “El movimiento de las beguinas seduce porque propone a las mujeres existir sin ser ni esposa, ni monja, libre de toda dominación masculina”, explica Régine Pernoud en el libro La Virgen y sus santos en la Edad Media. Y así como sedujo a las mujeres, inquietó a los hombres.

Con sus conquistas volvieron a casa. Regresaron a los Países Bajos y Bélgica, aunque resistieron algunos beguinajes alrededor de Europa. La mayor comunidad se recluyó en un gran beguinaje en Cortrique la población del sur belga donde murió Marcella Pattyn la semana pasada. Después de que su modo de vida sin reglas y sin amos hubiera enfurecido a los garantes del orden, renunciaron a cierto radicalismo y optaron por convivir con la Iglesia para asegurarse la subsistencia, durante siglos, hasta morir hoy en silencio.